CAPÍTULO 8
La pandilla mira en dirección a la persona que acaba de hablar.
—¡Cállate! Esto no es asunto tuyo. —le reta el líder del grupo a otro joven del pueblo con el que está enfrentado desde que llegó allá hace unas semanas.
El muchacho, a pesar del poco tiempo que lleva instalado en el lugar, apenas dos semanas, siempre está enfrentado a los muchachos de la comunidad a los que sus progenitores han educado de la misma cerrada y antigua forma de ser que ellos tenían cuando eran unos jóvenes de la misma edad de Caroline y Rick.
El joven es muy diferente a los hijos de aquellos antiguos chicos que tanto atacaban a Caroline Sanders y cuyos hijos ahora comienzan a atacar e insultar a su hija.
—Sois un grupo de idiotas. —les dice el joven de cabello castaño ensortijado y con la piel algo oscura debido a su herencia paterna.
Elena se gira para mirar a la persona que ha salido en su defensa y descubre a un chico muy atractivo, guapísimo en realidad, de cabello castaño y rizado, de mirada dulce pero con el carácter suficiente para enfrentarse a aquel grupo y a las personas que hagan falta por defender a los demás de esos vecinos del pueblo.
El chico tampoco es muy apreciado en aquel lugar debido a su familia, a sus padres en concreto. La madre del joven era una vecina del pueblo en el que Caroline se crió.
Sus progenitores eran dos de las personas más cerradas y conservadoras del pueblo. De los más intransigentes del lugar, incluso se permitían el lujo de sugerir a su única hija con quien debía incluso casarse. Algo muy parecido a lo que Jonathan Sanders hacía con la madre de Elena.
Aunque la muchacha no era rebelde como Caroline, acataba lo que sus padres le decían u ordenaban, aunque solo en apariencia. Admiraba en secreto a Caroline y deseaba ser como ella.
Lo que se creía que había sucedido a Caroline, su muerte, cuando su padre la sacó de allí para alejarla del rockero, la hizo pensar y recapacitar. Ella había perdido la vida sin poder estar con el amor de su vida. No pudo vivir con libertad y estaba muerta.
Aquello fue un punto de inflexión para la muchacha. No quería el mismo destino, no al menos sin saber lo que era vivir de verdad, tener el control de su propia existencia. Sus padres ya la habían sugerido el nombre de la persona con cuál ellos querían que se casara, pero su hija no sentía ni la más mínima emoción por el hombre en el que sus padres se fijaron. Era más de lo mismo, alguien como sus padres, como la mayoría de los habitantes del pueblo. Rose no quería eso y se fugó de allí, se marchó del lugar en cuanto pudo. En cuanto sus padres lo descubrieron renegaron de ella.
La joven llegó a Nueva York sola y sin saber que hacer con su vida. Minutos después conoció a un hermoso afroamericano que se compadeció de ella al verla tan perdida. La chica necesitaba un trabajo para poder establecerse allí y tener una vida lejos del pueblo en el que nació, pero aquella era una ciudad demasiado grande y llena de gente para alguien procedente de un pueblo tan cerrado. En la ciudad de los rascacielos era todo demasiado diferente.
Jeff se ofreció a ayudarla cuando la joven le contó que había escapado de su pueblo para vivir con libertad pero que necesitaba trabajo y techo. El hombre de piel chocolate y con el peinado típico que por aquella época lucían muchos afroamericanos le hizo una propuesta laboral y de alojamiento. Había creado su propia empresa y le iba muy bien, pero necesitaba alguien que le organizara las citas profesionales, que lo agendara todo. Hacía mucha parte de su trabajo en casa pero no podía organizarse bien, además su hogar necesitaba un buen mantenimiento porque acababa de mudarse y aún no había contratado personal.
Aunque Rose no tenía experiencia en nada de eso era una persona inteligente que aprendía rápido. Jeff le pagó unos cursos para que de pudiera preparar para aquello que estaba haciendo.
Ella misma se sorprendió de lo que era capaz de hacer, ya que sus progenitores en su afán de tenerla bajo control, no la animaban demasiado a luchar por lo que quería.
¿Para qué si luego al casarse debía dedicarse a su marido, sus hijos y la iglesia?
Rose aprendió mucho en poco tiempo, además de organizar las reuniones de su jefe y agendar sus citas profesionales, se dedicaba a entrevistar personas para que trabajaran como personal doméstico en casa del empresario. Nunca en su vida había estado tan ocupada haciendo tantas cosas y jamás se sintió tan valorada por nadie como la valoraba ese hombre.
Y un día ocurrió lo inevitable, Jeff y Rose descubrieron que los unía algo más que una relación de jefe y empleada. Se habían enamorado y un año después se casaron.
Cuando sus padres se enteraron que su única hija se había casado en Nueva York y con quien se había casado la vergüenza se apoderó de ellos. No solo eran personas cerradas, dominantes e intolerantes, también racistas, aunque ellos siempre justificaban su racismo de una manera u otra.
En una ocasión Rose regresó al pueblo acompañada de su esposo y su primer hijo. No le hacía especial ilusión volver pero consideraba que era justo que sus progenitores conocieran a su primer nieto. Sin embargo ellos no abrieron la puerta de su casa y se negaron a responder las llamadas de su hija. Rose y su familia se marcharon y nunca más regresaron hasta que un día recibieron una carta de las personas que le dieron la vida. La proximidad de la muerte en ambos les había hecho arrepentirse de sus actos y solo querían a su hija y nieto con ellos antes de morir. Los días que Rose, Jeff y su hijo David estuvieron allí, en la casa que vio crecer a Rose, hizo que el matrimonio se diera cuenta más si cabe de lo injustos que fueron y con ella. Además les permitió conocer a su yerno en el que descubrieron a un gran hombre. Olvidaron su color de piel y le acogieron al fin como lo que era, parte de la familia. Cuando el matrimonio falleció con apenas unos días de diferencia, dejaron la cada a Rose y su familia. Quizás no fuera tan suntuosa como la que ella tenía en Nueva York con su marido e hijo, pero al menos tenían un techo en aquel lugar.
Al igual que Caroline, Rose ha regresado con su familia al lugar en el que se se crió sin muchas ganas pero complaciendo a David que deseaba regresar allí y pasar unas felices vacaciones en aquel lugar. Y al igual que pasó con Caroline cuando regresó, el retorno de Rose también originó habladurías.
—¡Dejadla en paz! Malas cosas habéis aprendido de vuestros padres. Ya es hora que aprendáis a respetar. —dice el joven mestizo colocándose al lado de Elena que le mira sonriendo.
El líder del grupo, que en el fondo es un cobarde, retrocede unos pasos alejándose de Elena pues David no solo es más grande y fuerte que él, además ha llegado otro grupo de jóvenes del pueblo, los que tienen como referencia a Caroline. Están dispuestos a enfrentarse a ellos por defender a Elena aún arriesgándose que todo llegue a oídos de sus padres. Ya fue suficiente con tanto insulto y acoso. No les bastó con lo que hacían sus padres hace veintinueve años, ahora sus hijos repiten las acciones de sus padres.
Los jóvenes acosadores se alejan de allí aunque prometen volver, no piensan dejar de hostigar a Elena para que se marche del pueblo. La hija de Caroline agradece al grupo su ayuda pero en especial a David.
—Elena Johnson Sanders. —se presenta la rubia al joven tendiendole la mano y sonriendo.
—David Mathwew Jackson. —responde él estrechando su mano a la hermosa joven que acaba de llegar al pueblo.
En ese momento, cuando sus manos se unen, las miradas les delatan.
El resto del grupo se presenta a Elena que se alegra de tener gente en aquel lugar que de la cara por ella. Quizá las cosas hayan cambiado un poco desde que sus padres vivían allí.
Mientras tanto los padres de Elena siguen abrazados en la cama durmiendo.
—Te quiero, rubia. —dice Rick al oído a su esposa.
Ella sonríe.
—Y yo a ti, mi león. —responde ella abriendo los ojos por unos instantes.
—No llames al león si no quieres que comience a rugir. —le asegura el hombre de ojos azules de manera sugerente.
—¿Y qué pasa si comienza a rugir el león? —pregunta ella siguiendo el juego a su marido.
—¿Tú qué crees? —se le insinúa él. —¿Quieres probar? —le propone él.
—¡Claro! —acepta ella. —Yo soy muy cariñosa en especial con las fieras con melena, lisa o rizada. Me gusta domarlas.
Rick la gira hacia él y ruge como un león. Comienza a besar a su mujer con ternura en un principio, la desnuda con delicadeza y luego se desnuda él. Las caricias que él la prodiga a su esposa son tan dulces que ella se emociona. La fusión de cuerpos comienza de manera suave y lenta.
—El...león está a punto... de... descontrolarse. —dice el sueco que comienza a acalorarse y excitarse demasiado. Estas a tiempo de...detenerlo. —dice el músico casi jadeando.
—¿Quién..soy yo...para detener a un león? —responde ella que se encuentra en la misma situación. —Podría comerme. Y a mi hoy me gusta lo salvaje.
Su marido sonríe con picardía y aumenta el ritmo de y la intensidad de la unión de los cuerpos mientras su esposa le araña ligeramente la espalda gozando de ese intenso placer que Rick le proporciona en esos momentos.
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